Clembuterol. Dichosa palabreja que nos ha bajado los humos a más de un amante del ciclismo en este país; broncodilatador, estimulante del SNC, cantidades ínfimas, contaminación alimenticia, y un largo etcétera. En fin todo el mundo habla pero nadie dice nada. Nadie excepto la objetiva prensa napoleónica que habla ya de un positivo en toda regla, y para más inri se atreven a publicar las afamadas palabras “transfusiones sanguíneas”, que tantos quebraderos de cabeza le trajeron al incombustible, aunque ya se le acabó la gasolina, nuestro querido Lance. Gabachos arrogantes, conscientes de tener la mejor vuelta por etapas del panorama ciclista se creen con derecho a escribir y borrar, poner y quitar lo que les venga en gana. Hasta el mismísimo “señor” Bruyneel, director de directores, defiende la total inocencia de Alberto, ahora habría que entonar aquella popular canción de Los Manolos: amigos para siempre.
Lo que sí es verdad, y ahí nadie puede debatirme, es la persecución consciente o inconsciente, con o sin ánimo de lucro que se le está haciendo a este deporte, a estas personas; y cuando digo personas me refiero a los ciclistas, a los corderos de Dios, porque aquí cada vez más ganan protagonismo los llamados “médicos”, esa gentuza sin ética ni moral que se han endiosado siendo exculpados de cualquier pecado. A más de uno le daba yo con el juramento hipocrático en las narices para recordarles que están aquí para colaborar, servir, ayudar y asistir a los corredores, no para conseguir méritos personales de cara a la galería; y aun menos jugando con la ilusión y esperanza, por no hablar de la salud; de los auténticos genios de este maravilloso deporte: los ciclistas.
Querido Alberto, para terminar, y muy a mi pesar, tu contador el cual no paraba de ascender a cada pedalada que dabas, ahora le toca bajar, esperemos que todo esto se quede en nada, aunque ya se sabe que nada es para siempre.
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